Había una vez un caramelo tan bonito, que nadie se atrevía a desenvolver su papelito por medio a deteriorarlo. Un día, cayó en manos de una madre que lo guardó durante un tiempo en una cajita compartida con mas caramelos, pero ninguno tan bello como él.
El niño de la casa vió aquel caramelo, con su papel brillante color lavanda y con los bordecitos dorados y se lo cogió en un momento de descuido de su madre, era el caramelo prohibido.
Se lo llevó al colegio pero se le cayó al suelo en el recreo, fue pisoteado, tirado... y finalmente recogida por otro chaval. Este segundo chaval le retiró el polvo del que estaba cubierto el caramelo y se lo guardó en un bolsillo.
Cuál fue la suerte del caramelo que el bolsillo se rompió y cayó en una acera.
Apareció otro chico, más mayor aun que los anteriores y se reparó una vez más, como los anteriores, en la belleza del papel del caramelo. Desenvolvió con cuidado los bordecitos dorados y se guardó el papel en el bolsillo con cuidado.
El caramelo por dentro era también color lavanda, como su exterior. De su forma de elipse se vislumbraba que sólo la capa última del caramelo, la que estaba más al exterior, era firme, pues las demás dejaban ver sus múltiples fracturas.......
El caramelo había vivido demasiado, era un viad demasiado larga y ajetreada para un caramelo, normalmente son comprados, devueltos e ingeridos. Nuestro caramelito había sido adorno, juguete de un niño, compañero de un chaval y amante de un chico.
Fruto de tan ajetreada vida, cuando el último chico se lo llevó a la boca, se partió en mil pedacitos como era de esperar, pero el caramelo prohibido, que se supone debía saber a violeta, sabía rancio.
El chico lo escupió al suelo y el caramelito quedó allí, inerte, sin vida pero sin auténtica muerte, sus ropitas, esas tan bellas, siguieron durante bastante tiempo en el bolsillo de aquel pantalón......