Escribo esta carta porque la luna se ha apoderado de mi casa, convirtiendo mi habitación en crepúsculo continuo y con ventana. Me gustaría echarla, pero sólo me gustaría con el cerebro, es el órgano bombeante el que la retiene sin su consentimiento esperando a que vengas tú a verla a mi lado.
Me siento mal, tengo a la luna conmigo y le estoy dando conversación para que no se aburra pero estoy sóla, lo noto.
Me apetece escuchar nuestras canciones a tu lado, escucharlas yo sola resulta una auténtica tortura china para mí. Tu canción se me mete punzante en el estómago y lo retuerce a su antojo, y ya no sólo lágrimas sino gritos rebosan la habitación y empieza a faltar espacio para que se quede la luna.
Aquí me ves, llorandote letras que no vas a leer, contandote mis sentimientos que ni te importan ni los vas a escuchar.
Me han contado que encontraste mi sonrisa tirada en un charco, si te acuerdas donde, dímelo para ir a recogerla, prometo limpiarla y guardarla en un cajón cuidadosamente hasta que regreses o te vayas irremediablemente y definitivamente.
Y sobre todo, amigo felicidad (la felicidad tiene que se hombre porque nos hace sufrir mucho), sí estás ahí, dime al menos que sigues existiendo.