Parecíamos un club de dementes.
Las miradas altivas de mis acompañantes destripaban mis sentires y sentidos y los colocaban sobre una mesa de disecciones sin esterilizar. Los sin palabras. Eran sólo eso.
Unos ojos azules se clavaron en mis pupilas contra mi voluntad; esa mujer extraña, de apariencia normal (o más bien normalizada) me comía con los ojos, carcomía mi alma al mirarme diciendo con las pestañas "ay mija, así no eres feliz, y lo sabes, y seguirás sin serlo".
Yo intentaba mantenerme ajena a esa civilización subterránea pero el volumen de mis cascos no era suficiente.
Un niño pequeño correteaba por el vagón con un catálogo de juguetes... odio las navidades, putas navidades... cada vez empiezan antes. Y sin embargo sonreía viendo la felicidad de aquel pequeño con su fábrica de ilusiones en formato revista a colores entre las manos.
De repento, los ojos azules desaparecieron, no estabamos en ninguna estacion, el vagón no se había abierto, y unos ritmos acompasados en una triada de fa me trajeron la estabilidad que necesitaba.
