Y me fui.
Mirando para atrás, con los ojos encharcados. Pensaba en voz alta; "mierda, mierda, mierda,... quiero quedarme".
Durante un tiempo no supe nada de él.
Un día, le ví conectado, y le escribí, sin esperar respuesta. Pero la tuve. Una conversación interminable.
Y esas conversaciones casi eternas, afortunadamente, se convirtieron en el pan de cada día. Al despertar, casi a diario, estaba él frente, a la pantalla, al otro lado, separados por un cristal líquido y múltiples caracteres que, a su vez, servían como nexo de unión en común. (he de añadir que me sorprendía bastante que tras el acoso de aquella tarde quisiera hablar conmigo).

Durante meses nuestra relación fue esa, nada más y nada menos, que ya es suficiente.
Cada vez que iba a su casa a ver a mi amiga preguntaba por él, pero nunca estaba, nunca podía verle más allá de la pantalla....
Obviamente mi vida no se había paralizado el día que le conocí, pero no dejaba de pensar en él, en lo poco que le conocía, en las ganas que tenía de conocerle más, en su aspecto interesante, en nuestros puntos en común, y nuestras diferencias que, inversamente proporcionales al número de conversaciones que teníamos, parecían encoger.

Un día, le ví en el cesped de la facultad, con la misma ropa con la que le conocí, aún más guapo, aún más delgado, aún más desaliñado. Me encantaba, aún más si cabía.
Pero no estaba solo. Una chica adornaba con su presencia la estampa veraniega. Era ella, la conocía demasiado. Dije un Hola de pasada, él me sonrió, y ella le besó en un efusivo y aparentemente amable saludo.
Al rato ella vino a mí "es lo que siento, ahora estamos muy bien aunque nos conocimos hace un par de días, es genial, y lo que me apetece es estar así con él". Mi respuesta fue "ya, lo se, es un chico genial, le conozco de hace unos cuantos meses y nunca había congeniado tanto con alguien... disfruta y enhorabuena".
No me tenía que dar explicaciones. Ni ella, ni él, él mucho menos.