Dejó su abrigo en el ropero y le señaló el salón; al principio del pasillo tras un arco hecho de obra esperaba iluminado y radiante.

En la mesa 2 velas en degradé colocadas adrede morían lentamente en su arder. Los platos, nada especiales, resultaban cuando menos decorosos si no deliciosos. Dos botellas de Rioja (cómo no) resultaban el colofón perfecto para una cena sin hambre.
Esa noche había 3 lunas: la grandiosa madre de la noche que iluminaba todo el salón, y sus 2 bocas, sonrientes sin remedio.
El hambre no era de ensalada y la sed no era de Rioja, pero ambos cayeron integros.
Ambos se tapaban vergonzosos tras las servilletas verde pistacho en contraste con el mantel blanco y la cubertería de acero lacado. Cada mordisco era un punto de confianza que el uno ganaba en el otro, cada sonrisa y cada cumplido hacían que el fin de la botella estuviera más cerca, y el fin de la botella era mucho más que un intento por deshinibirse en el alcohol.....
De 7 tragos él se acabó la botella de Rioja que aún quedaba y se levantó de la mesa. No dijo nada. No hizo falta, porque ella hizo lo mismo.
Se quedaron el uno frente al otro durante unos segundos. Reaccionaron. Llevó su mano a su mejilla, acarició su superficie, con el tacto se diço cuenta de que por primera vez se había maquillado. Con cuidado ella hizo lo mismo, imitó cada uno de los trazos de él sobre su piel.
Y sucedió.
Llegó el beso.
-¿Qué te parece si pongo música y otras 2 botellas de Rioja en la mesa?
-De acuerdo, no tengo que conducir, pasaré aquí la noche.....
"Sobre una mesa, botellas vacías, qué sano es arrancarte esa risa. Y ahora cambiemos el mundo, amigo, que tú ya has cambiado el mío..." (Ismael Serrano)