Como si de un aviso se tratase, ella sabía que el día no iba a ser bueno.

Como subditos del cielo, las escasas hojas del árbol del jardín se superditaban al movimiento del aire. Las sacudidas eran leves... luego fuertes... y otra vez leves...

Sentía algo distinto. Sus ojos no brillaban. Sus ojeras decorosas eran él único ornamento de su último día en las nubes.

Enseguida supo que aquel sería el último mensaje que recibiría de él, el último beso se lo habían dado la noche anterior, el último abrazo hace una semana, el último suspiro hace al menos un mes...

Era el prefacio del final.

Y como el que dice adios, en cuestión de décimas de segundo, se marchó la ilusión, las ganas de soñar, y cayó de las nubes... para siempre.