Mi querido amigo y coctelero Ryu me dijo "oye, ¿no vas a escribir nada sobre tu viaje a Paris?", mi respuesta fue "tenía intención de hacerlo, me apetece, pero mi cabeza está llena de mocos y sin inspiración".

Así es, perdura en mí desde hace más de una semana un resfriado con letras mayúsculas que por el momento no tiene ganas de irse.

Pero bueno, me tomaré a estos "intrusos mentales" como enanitos que piensan dentro de mi órgano de pensar para ayudarme, en vez de para entorpecerme.

Es difícil escribir sobre Paris. ¿Qué escribo? ¿sobre las avenidas interminables? ¿sobre sus desmesurados precios? ¿sobre la personalidad vanidosa de su gente? ¿sobre el dorado que decora la ciudad?

No. Me inclino por el romanticismo.

Mont Matre. De nuevo la lluvia imprevisible nos sorprende, esta vez urgando en unos cajones inmensos de ropa a precio de saldo. Parisinos y no parisinos se agolpan en busca de la mayor ganga, yo sólo busco una bufanda más gorda que la mía porque el frío de Paris se me hace insoportable.

Vemos el Sacre Coeur, en lo alto de la calle. Una peregrinación subiendo por sus interminables escalinatas. Más allá de los matorrales está el funicular, una especie de tranvía que te ahorra subir a pata hasta el monumento.

Un negro me agarra la mano "demostración, pulsera, por la familia galai galai tumu temé", "no, no money, no money", "no money, pide deseo". Trenza unos hilos de colores mal combinados sobre mi mano y pretende una propina que ni tenía ni pensaba darle. A duras penas me deshago de la pulsera y del negrito en consecuencia que aún se acuerda de toda mi familia por haber perdido el tiempo conmigo.

Entre mis quejidos y Santi tirándome del brazo llegamos a un gran descansillo de las interminaaables escaleras, una multitud grita "viva los novios", en español, francés, inglés.... Un coro multicultural rodea a la pareja que es ovacionada mientras intenta hacerse una sesión de fotos. Eso sí, sus sonrisas eran sinceras, supongo que debe ser muy mágico tener más apoyo aún en un día tan feliz.

Sentí como propia esa sonrisa cómplice. Abracé a Santi y le dije "te quiero, volveremos a Paris". Una reacción nada original teniendo en cuenta que la mayoria de las parejas que rondaban por allí hicieron más o menos lo mismo.

-Vámonos a casa cariño- estaba muerta de cansancio, calada por el agua y el frio, pero había dejado de importarme.

-Pero, ya queda poco para llegar al Sacre Coeur, sólo un tramo más de escaleras.

Le sonreí tímidamente y le hice un gesto de ademán con el brazo, me agarró la mano y me siguió: "ayy, qué haría yo sin mi quejica preferida".

Y así fue como nos volvimos a Madrid sin ver el Sacre Coeur de cerca.

=)