Se empeñaba en hablar consigo mismo.
Manos a las 3 menos cuarto.
A veces descuidaba su tarea, miraba por el retrovisor interior sin poder evitarlo y suspiraba "ay! falta ella..." y exalaba aire como si fuera la última bocanada. "Huele a ella" balbuceaba de vez en cuando. Y respirando profundamente repetía "sí, huele a ella".
Se dejaba encandilar un segundo, sólo un segundo, por ese aroma a frutas frescas, a primavera, se evadía un instante y volvía a su cuerpo como si una fuerza mayor tirara de sus pies hacia abajo. Un vaído que le sabía a gloria.
Era casi un ritual prefijado. Siempre igual en la ruta cuando dejaba a Aurora a las puertas de su casa a eso de las 12 de la noche. Cuando la recogía a las puertas de su casa por la mañana era otro cantar, la atmósfera parecía distinta, incluso él era distinto, rebosante de alegría.
Ya era la 1 de la madrugada, y al taxista no le quedaba otra que soñar con Aurora.
Ella estaría quitándose su traje negro de chaqueta, ese que se pone los días de invierno, antes de acostarse, quién sabe si sola o acompañada, ajena a los suspiros de ese taxista al que se toma la confianza de llamar por su nombre de pila, Ramiro.
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Para aquel que reconoció no haber sabido escribir un relato corto sobre un taxista. Un regalo.
=)
Trayecto en la línea c-5 de cercanías, duración del trayecto 20 minutos. 14-mayo

Compadezco al taxista.
Te añado como amiga para seguir leyéndote.