Es el sabor del polvo.

Del que se muerde cuando besas a mordiscos.

Sabe a arena, a noche en la playa, a sudor y pieles roídas. A girones malhumorados que se desprenden en septiembre después de haber tomado muchos soles del mediodía.

Es el sabor de la derrota.

Porque traicionas una base que creías consolidada. Y lo haces conscientemente. Porque en el fondo una parte de tí quiere caer, quiere ser víctima y verdugo a la vez, en el fondo te apetece perder esa base para disfrutar. Sólo una vez.

Es el sabor del tabaco ajeno en tu boca.

De ese que aunque no es mascado se cala hasta el estómago. Ahora ya no sabes a chicle de mentol. Sabes a un cigarro que quedó en algún cenicero de un Starbucks cualquiera, de un garito, a uno que está requetepisado en el suelo de la Gran vía, o a uno de esos llamados "de después de". Y formas parte también de ese antes de y de ese durante de.

Es el sabor de la polvora. De los fuegos artificiales. De las explosiones...


Más que nunca sabes a polvo.

Una mezcla de sabores extraños.

Te sientes furtiva, pecadora, incluso puede que sucia-dice Woody Allen que el sexo sólo es sucio cuando se hace bien- pero te sientes viva, desahogada, libre...

Sabes a polvo. Y no te disgusta del todo.