Volvía como cada día de trabajar a las 9:30. Su ligero movimiento de caderas tintineaba con gracia adelantando a los que, como ella, subían las escaleras mecánicas del metro. El torno de salida no se abre, y el señor de seguridad sonríe, ella toma la iniciativa:
"Buenas noches"
"Aquí está la niña más guapa del barrio. ¿Dónde te has dejado a la rubia?"
"Está en casa, ahora la veré. Hasta mañana" y vuelve a sonreir con una mirada distinta, una mirada de complicidad, de protección.
Cambió de torno y consiguió salir del metro. Una bocanada de aire viene a ella cuando se avalanza contra la puerta metálica y, poniendo todo el peso de su cuerpo, consigue abrirla. Su nariz se ha quedado congelada de repente.
Hoy no se para a mirar quién hay en ese parque tan oscuro, los restos de nieve no permiten fotografíar la estampa del otro día, los niños, los padres y los abuelos han perdido sus hombres de nieve.
Nunca entenderá por qué a ese parque, que bien podría llamarse descampado, no le han puesto farolas. Nunca entenderá por qué las escasas farolas que hay producen en aquellas personas a las que alumbran tantas sombras como agujas de reloj que se disparan al vacío a la par que dan pasos. Nunca nadie entenderá por qué esa situación le produce pavor cada noche y camina a paso rápido para salir cuanto antes de allí
Esa noche decidió fotografiar todas sus sombras. Las que marcaban todas las horas del día. Pero no pudo, su cámara no se percató de algo tan sensible.
Se ofusca. Oye ruidos. Una muchacha se deja pasear por su chihuahua. Y ella prosigue su camino.
Nota los talones agrietados y las rodillas entumecidas y decide sentarse en el banquetín del fotomatón que hay en la avenida principal. Se agacha, "no todos los días se encuentra una una tirada de fotografías rotas adrede", se dice, e intenta reconstruir los pedazos.
El hombre de la foto sonríe. Ella carcajea sin más. Una cabeza se asoma entre las cortinas del fotomatón; ella da un respingo, se pone seria y mira para el frente como si estuviera posando. Posteriormente se gira y pronuncia un "¿quiere algo?"; la cabeza anónima desaparece con cara de perplejidad y ella se sigue riendo, con una risa suspendida entre la vergüenza y la carcajada.
Le ha dejado de dar miedo el parque.


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