Barcelona, 3-abril-2009.- El restaurante Mireya, en Barcelona, es casi el Robin Hood del barrio del Eixample; no roba a los ricos para dar de comer a los pobres pero permite que cada uno pague en la medida de sus posibilidades. Y es que desde hace un mes en este restaurante se pide el sobre en vez de la cuenta porque -ya lo dice su menú del día- el precio lo pone el cliente. El dueño, Eledino García, afirma que no obtienen beneficios pero matiza: "lo que perdemos con lo que no ponen unos se compensa con lo que ponen otros de más".
A las 13:30 todas las mesas tienen el cartel de "reservado", por eso al entrar una pareja Eledino duda sobre dónde sentarlos. Ellos han descubierto el bar por casualidad: "estábamos de visita en la Sagrada Familia y callejeando por la zona nos ha llamado la atención el letrero". El camarero les pide tímidamente que coman rápido; "esto lo he hecho por mis clientes habituales... no quiero que dejen de venir pese a la crisis, todas las mesas están reservadas porque ellos sustentan el negocio día a día", se excusa educadamente.
El dueño del restaurante recibe a uno de sus habituales, un señor trajeado que apenas levanta la vista de su periódico justo el día en el que el G-20 vislumbra una reforma del capitalismo. Sin apenas sopesar el menú pide cardos con almendras, especialidad de la casa, y un bistec de ternera. "Viene gente muy distinta aunque es un bar de barrio", comenta. Pero pese a conocer a su clientela Eledino confiesa que no le puede el morbo y que no abre los sobres hasta el final de la jornada: "no miro si fulanito puso más que zutanito".
El trajeado, ya con el primer plato y una caña sobre la mesa, levanta la vista del diario y se queda mirando al Corto Maltés que preside el bar. Las paredes del Mireya están totalmente cubiertas de comics, bocetos y viñetas a medio colorear y con los bocadillos vacíos. Sobre la barra el Capitán Trueno a todo color comparte espacio con un Dalí que, altivo y con los ojos como platos, araña a una Gala que se mantiene estática en un tercer plano.
Pero la ficción de las paredes del Mireya se funde con la realidad cuando un matrimonio mayor saluda desde la puerta al dueño preguntando "¿es verdad lo que pone en el menú?"; él responde cabizbajo "sí, hasta que la cosa mejore, no queremos que nos pueda la crisis".
Estómago lleno y sonrisa en la cara los caballeros de la mesa uno se retiran con un "hasta mañana jefe", el trajeado sigue ensimismado con los comics y la pareja de turistas pide el sobre y confiesa, "la iniciativa vale más de lo que hemos puesto; volveremos para llenarlo".
A las dos el bar es un borboteo constante de comensales con mesas reservadas y sobres esperando ser cerrados al menos, como afirma el dueño, mientras dure su buena voluntad.
