Tengo una coctelera, no es más que un regalo de merchandising pero no ha hecho falta embelesarme con el aparato para caer en las redes de la Limonada; ya me tenía encandilada y el souvenir no ha hecho más que animarme.

El caso es que ahí está, encima del mueble de la cocina, cada vez que entro me dice "úsame" y la miro, porque la veo aburrida y pienso "¿pero cómo?". En realidad sólo he tomado un coctel en mi vida, un Cosmopolitan, recuerdo que me costó 7€ en un local de Príncipe de Vergara. Estaba rico, la verdad, pero no entiendo cómo tasan estas cosas.

No se exactamente qué se pone en una coctelera, en realidad nosotros usamos la palabra sin propiedad porque cada uno ponemos lo que se nos viene a la cabeza: locuras, vivencias, tristezas, alegrías, anécdotas, sentimientos... el sabor de todo esto suele ser agridulce.

He hecho una foto a mi nueva coctelera para que la conozcais, podría ser nuestra mascota. Acepto sugerencias para darle uso ;-)

Al sacar esta foto he rescatado muchas otras que tenía olvidadas de una tarde en Sabatini escuchando a Rouco Varela de fondo (AAAAAMEEEEN). Juro que no fui adrede, me topé con el cuadro sin más, pero no debería hablar muy alto. Demasiada gente de rodillas venerando Dios sabe qué y vitoreando algo que no llegué a entender en toda la tarde (y que conste que hablo desde el absoluto respeto y sin blasfemar)

Para prueba un botón:

No me puedo olvidar de un cartel curioso que descubrí poco después.

Pues eso que viva Madrid!