No soporto la prepotencia pero a veces, casi sin darme cuenta, la saco a pasear justamente para combatir la prepotencia de mi interlocutor. Y si hay algo que abunda en el periodismo son los prepotentes por centímetro cuadrado. Y de gilipollas. Sin embargo creo que es fundamental no perder el rumbo, ni la humildad, ni la educación... y aquí la pierden, se pierde.
Es tan fácil creerse Dios cuando mueves a tu antojo la agenda informativa, es tan fácil creerte alguien por oír o ver tu nombre en los medios. Es tan fácil, que hasta el menor de los corderitos se corrompe en cuestión de días.
Basta un chasquido, un guiño, una pequeña muestra de preferencia para que quien era tu compañero y confidente se crea que ha subido como la espuma y se coloque encima de ti. Eso pasa. Y me ha pasado.
Tal vez la otra persona no se haya dado cuenta, tal vez no sea que ella se ha colocado por encima sino que yo me he quedado por debajo pero el caso es que su orgullo ayer salió a reducir y salió mi prepotencia cuando sólo quería hacer un breve apunte. Y me gané un día entero de malas contestaciones, de pasotismo, de miradas de superioridad en todo caso sin saber por qué.
Tiene carácter, garra, apellido incluso, pero le falta ese toque de humildad, ese "me queda todo por hacer"... ha perdido la inocencia del aprendizaje nada más empezar. Y yo, que ya empecé, me he quedado por debajo.
Las prepotencias, la suya y la mía, siguen arriba. Pero no, no hay que confundirse, aquí no hay pelea de gallos; aquí ni siquiera se pelean los egos... es su ego contra mi sobra de humildad; es el estar plenamente integrado en un mundo de buitres -sin ser un buitre- frente al no querer dejar que te coman los ojos.
Y lo peor es que desde el minuto uno, desde los dos besos que nos dimos al conocernos, supe que no me iba a venir nada bien tenerla al lado.
-Lo que te pasa Laura es que su carácter te ha mermado, aunque no te haya hecho nada, te has dejado hundir.


Escribe un comentario