No ocupaba más que mi mano. Era preciosa, pequeña, débil. Nos la encontramos hace unos 7 años, el día de unas elecciones municipales.

Al principio me daba miedo pero tardé unos 5 minutos en darme cuenta de que aquella perrita, de escasos meses, pequeña y moribunda me tenía más miedo a mí que yo le podía tener a ella. La cogí, sucia como estaba, enferma... no dejaba de llorar y yo con ella porque mi abuela decía que se iba a morir y que si no se moría la regalaba. Pero no se murió. Se convirtió en la perrita más bonita, alegre, cariñosa y obediente que ha podido existir jamás. Y mi abuela no tuvo el valor de regalarla.

Un capricho de animal. El fin de mi miedo y el principio de la mejor compañera de mi abuelo.

Si yo lloraba, ella lloraba, si yo estaba triste ella venía a consolarme, si estudiaba se apoyaba encima de mis libros y se quedaba ahí, hasta que yo me levantara y dejara de estudiar.

Comía mal, así que le daba el pienso granito a granito; ella ya sabía que cuando estaba yo comía de mi mano, no del cuenco, y mi abuelo me decía "niña, que me la malcrías". Pero no, que bien educada sí que estaba.

Pero mi abuelo, su cuidador, cayó malo, y la perrita tuvo que volver al lugar de partida, al chalet de mi tío donde la habían encontrado deambulando moribunda. "No te preocupes abuelo, allí podrá correr y pingonear y estará bien".

Desde entonces han pasado poco más de tres años, el tiempo que hace que murió mi abuelo -al que le quitamos un trozo de vida al llevarnos a la perrilla-. En tres años se ha escapado de la parcela, ha jugado todo lo que ha podido y más, ha cavado, ha disfrutado...

Hasta anoche. Mi tío la encontró flotando en la piscina.

Se llamaba Lucky y es lo más precioso que he tenido jamás entre mis brazos.